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Claroscuro... La democracia que yo quiera... Por: Alejandro de Anda
06 de Noviembre del 2026

LO DEMASIADO OSCURO. A Vicente Fox se le ocurrió abrir la boca y, de paso, abrir una tumba que el panismo llevaba veinte años tratando de mantener cerrada. 

Lo hizo desde España, en una entrevista publicada el pasado 1 de noviembre por el periódico The Objective, frente al periodista Juan Luis Cebrián. Con esa soltura que siempre lo ha caracterizado, el expresidente soltó una frase que debería retumbar en cada oficina del Partido Acción Nacional (sic) “Hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso”. 

Así, como quien presume haber ganado una partida de dominó. Con una tranquilidad verdaderamente pasmosa, el hombre que encabezó la primera alternancia presidencial de México terminó confesando que la sucesión de 2006 fue, para él, un asunto de conservar el poder en manos de los suyos.

Vale la pena recordar algunos números. El 2 de julio de 2006, Felipe Calderón obtuvo 14 millones 916 mil 927 votos, frente a los 14 millones 683 mil 96 de Andrés Manuel López Obrador. Una diferencia de apenas 233 mil 831 sufragios, equivalente al 0.56 por ciento. El 5 de septiembre de aquel año, el Tribunal Electoral declaró válida la elección y reconoció el triunfo del panista.

Durante dos décadas, Calderón y su partido defendieron aquel resultado como producto de la voluntad ciudadana. Ahora resulta que el propio presidente saliente se atribuye el mérito de haberlo hecho ganar. ¡Vaya manera de defender la limpieza de una elección!

Lo verdaderamente grave rebasa la fanfarronería de Fox. En aquella entrevista explicó que había pensado la sucesión presidencial como empresario, preocupado por saber a quién entregaría las riendas de su negocio. Hablaba de México, por supuesto. De un país con más de cien millones de habitantes convertido, en su peculiar razonamiento, en una empresa familiar cuya administración debía permanecer entre conocidos. Y todavía tuvo la delicadeza de reconocer que semejante conducta era poco democrática. Una revelación que, viniendo de cualquier dirigente partidista, sería escandalosa; pronunciada por quien ocupaba la Presidencia de la República, adquiere dimensiones históricas.

La ironía resulta monumental. El PAN construyó buena parte de su prestigio denunciando las prácticas electorales del PRI. El 6 de julio de 1988, durante la famosa caída del sistema, Manuel Bartlett encabezaba la Comisión Federal Electoral desde la Secretaría de Gobernación. Los resultados oficiales terminaron otorgando a Carlos Salinas de Gortari el 50.36 por ciento de los votos, frente al 31.12 por ciento de Cuauhtémoc Cárdenas. Manuel J. Clouthier, candidato panista, obtuvo el 17.07 por ciento. 

Aquella elección quedó marcada por la desconfianza y se convirtió en símbolo del autoritarismo priista. Durante años, los panistas levantaron esa bandera para exigir instituciones independientes, elecciones limpias y respeto absoluto al sufragio.

Dieciocho años después, cuando finalmente tuvieron el poder que tanto habían perseguido, su propio presidente decidió que la Presidencia debía seguir siendo propiedad del partido. La diferencia entre aquel PRI y este PAN comienza a parecer un asunto de colores, siglas y discursos. Unos defendían la permanencia del tricolor; el otro trabajaba para conservar el azul. Y ambos encontraron argumentos para colocar la continuidad de su grupo político por encima del principio elemental de imparcialidad del Estado.

Hay otro dato que vuelve particularmente incómoda la confesión. En 2006, el propio Tribunal Electoral examinó la intervención de Vicente Fox y consideró que sus declaraciones habían representado un riesgo para la validez de los comicios. Finalmente sostuvo el resultado electoral. 

La entrevista de 2026, por sí misma, constituye una confesión política, aunque queda lejos de acreditar jurídicamente la alteración de las urnas. Pero el daño moral está hecho. Fox acaba de proporcionarles a sus adversarios el argumento que durante veinte años buscaron arrancarle. Y lo hizo gratuitamente, frente a una cámara, con una sonrisa y sin que nadie tuviera que presionarlo.

El golpe alcanza directamente a Felipe Calderón, cuya legitimidad política vuelve a quedar bajo discusión pública y arrastra al panismo que durante dos décadas sostuvo la pulcritud de aquella sucesión. También compromete el discurso de quienes se presentan como guardianes de las instituciones democráticas. Resulta bastante complicado exigir respeto a las reglas cuando uno de sus principales referentes históricos presume haber trabajado desde la Presidencia para favorecer a su partido.

La confesión representa un retroceso abismal para la lucha democrática mexicana. Porque el problema trasciende a Fox, Calderón y al PAN. Cada vez que un político considera que el poder le pertenece y que su obligación consiste en heredarlo a los suyos, la democracia retrocede, independiente del partido que gobierne. Esa vieja costumbre de apropiarse de las instituciones ha sobrevivido a todas las alternancias y continúa contaminando a buena parte de nuestra clase política.

Vicente Fox llegó a Los Pinos el 1 de diciembre de 2000 como símbolo del fin de 71 años de gobiernos priistas. Veintiséis años después, termina explicando que su idea de la democracia consistía en cambiar al dueño de la silla, conservar las llaves y decidir quién podía sentarse a su salida.

Al final, tanta lucha contra el PRI, tanta indignación por la caída del sistema, tantas marchas y discursos sobre la voluntad popular, para acabar descubriendo que el panismo también tenía vocación de partido de Estado.

La diferencia es que al PRI lo acusaron de robarse la elección de 1988. Vicente Fox, decidió presumir que él había hecho ganar a su sucesor.

Y todavía tuvo el descaro de llamarlo democracia.

COLOFÓN: Hoy. Hoy … hoy.


alejandrodeanda@hotmail.com
@deandaalejandr

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