Los nervios están a todo lo que dan entre los aspirantes a los puestos de elección popular en el Movimiento de Regeneración Nacional. Lo que verdaderamente se respira en los pasillos de la alta burocracia es miedo, pánico y ansiedad; nada de seguridad republicana.
Al grado de que varios de los suspirantes andan mendigando un simple permiso temporal o una licencia sin goce de sueldo, todo para no tener que firmar una renuncia definitiva que los deje fuera de la ubre presupuestal si la tómbola no los favorece.
Este lunes 12 de octubre de 2026, la mazorca comenzó a desgranarse formalmente en el Palacio de Gobierno. Desde la dirección de Comunicación Social de la Secretaría del Trabajo se confirmó la salida de su titular, Luis Gerardo Illoldi Reyes, del gabinete americanista.
Sin embargo, sus propios allegados se apresuraron a aclarar con timidez que el funcionario no renunció, sino que únicamente solicitó un permiso especial para ir en busca de la candidatura a la alcaldía de Ciudad Victoria arropado por las siglas de Morena.
Horas antes, el gobernador Américo Villarreal Anaya ya había deslizado la especie de que dos de sus secretarios abandonarían el barco para probar suerte en las urnas; aunque se guardó los nombres, hoy ya es un hecho la salida de Illoldi. La segunda baja cantada en el tablero es la de Ninfa Cantú Deandar, quien abandona la Secretaría de Desarrollo Económico con la obsesión fija de convertirse en la candidata a la presidencia municipal de Nuevo Laredo.
La propia Ninfita prefiere jugar al misterio: ni aclara la naturaleza de su separación ni desmiente sus ambiciones. En el interior de su equipo operan con una soberbia monumental; juran que ya trae la candidatura amarrada en la bolsa porque nadie presume sus finas relaciones y contactos en la Ciudad de México, pregonando a los cuatro vientos que ganará de calle por ser la única capaz de frenar a la abanderada del PAN, la poderosa Yahleel Abdala Carmona (YAC).
Pero la realidad de las calles es muy distinta al libreto de utilería de Ninfita. Yahleel arrastra un enorme y probado trabajo de territorio en la frontera norte: se le ve entregando apoyos sociales en los sectores más vulnerables, involucrándose en las problemáticas comunitarias y distribuyendo sillas de ruedas o despensas sin necesidad de armar un circo publicitario.
El tamaño de la estructura de la panista es innegable. Por el contrario, las simpatías hacia Ninfa Cantú simplemente no crecieron durante su paso por la burocracia estatal, razón por la cual en la mesa de alta estrategia de Morena le están pensando dos veces antes de tomar una decisión definitiva. Los asesores exigen evaluar con lupa el escenario, pues en los sondeos internos aparecen perfiles mucho más competitivos, tales como Pedro Lozano Martínez o el propio Carlos Germán de Anda Hernández.
Tanto Lozano como Ninfa se hicieron militantes guindas hace apenas unos cuantos meses, por lo que en el renglón de la antigüedad marchan en un empate técnico. Sin embargo, Pedro Lozano corre con ventaja por ser un reconocido empresario del ramo del transporte de carga, muy respetado en la frontera y cuyos ingresos provienen del sector privado, libre de pecados burocráticos.
Por su parte, Carlos de Anda demostró que no tiene miedo ni titubeos: no anduvo mendigando licencias de utilería y presentó su renuncia definitiva como secretario de Obras Públicas y Desarrollo Urbano municipal para registrarse con todo el músculo en la plataforma digital. Tanto Lozano como De Anda caminan muy por encima de la funcionaria estatal en las preferencias del territorio neolaredense.
Toda esta rebatinga y ambición desmedida nos lleva a recordar el curioso mensaje que colgó en su cuenta de Facebook, hace apenas cinco días, la secretaria de Bienestar Social del estado, Silvia Casas González: “Quiera lo que tiene… y no se preocupe por lo que no tiene… Aceptación”. Las sabias palabras de la titular de la SEBIEN encajan a la perfección en el drama de los secretarios que hoy pretenden gobernar Ciudad Victoria y Nuevo Laredo en medio del descrédito y la impopularidad de sus respectivas gestiones.
Ayer mismo nos topamos frente a frente con Silvia Casas y no dejamos pasar la oportunidad de preguntarle si ella tampoco traía alguna "calentura" sucesoria.
—¿Qué clase de calentura?— nos reviró la funcionaria con tono de sospecha.
—Pues las candidaturas, secretaria; las ganas de bajarse de la nómina para convertirse en alcaldesa o colarse al Congreso.
—¡Nombre! Las únicas calenturas que yo traigo son las que me provoca mi marido— soltó entre risas jocosas.
Queda claro que Silvia Casas no figura en la lista de las elegidas para buscar el ayuntamiento capitalino ni una diputación federal en esta tanda, aunque en el café político insisten en que la andan preparando para un espacio de consolación de cara al término del sexenio.
Ella misma aclara que si desde el tercer piso la envían a otra comisión, por pura disciplina institucional acatará la orden; pero por lo pronto, su único desvelo son las calenturas hogareñas que le provoca su esposo, Javier Garibaldi, aquel recordado exfutbolista profesional y exdirectivo de los Correcaminos de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
Al final del día, en la administración estatal se viven diferentes y muy variados tipos de calenturas: algunas son provocadas por la obsesión de aparecer en una boleta de elección popular, otras pertenecen al terreno del amor y las más peligrosas son las que nacen por el ansia de amarrar nuevos negocios y llenarse los bolsillos de dinero público antes de que se acabe el sexenio, caminado sin el menor temor al castigo.
Bueno, por hoy es todo.
El patinazo… miren que pedir permisos temporales para no soltar la ubre presupuestal puede terminar provocando un aparatoso resbalón en la encuesta interna.
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