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Locuras Cuerdas... Por: Jorge Chávez
05 de Diciembre del 2017

La importancia de la familia
 
Tener un lugar a donde ir es un hogar. Tener alguien a quien amar es una familia. Tener ambos es una bendición. Donna Hedges.

Muy apreciado lector, hoy abordaré un tema que nos debería incumbir a todos, pues es donde, en teoría nacemos y quienes nos acompañan a lo largo de nuestras vidas, ese montón de personas imperfectas a quienes amorosamente llamamos familia. El escritor regiomontano llama muy atinadamente nuestro punto de partida y nuestro piso firme.

Permítame hacer uso de aquella frase, atribuida al tristemente célebre ex presidente de nuestro país José López Portillo (JLP) cuando aludía a su familia expresándose de ellos, particularmente de su hijo como “el orgullo de mi nepotismo”,  que tiene que ver con la desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos. Y bueno, independientemente que podemos juzgar como malo el hecho de mezclar indiscriminadamente a la familia en la función pública, en lo que tenía razón el expresidente JLP es en el hecho de tener en eminencia y prioridad a quienes llevan nuestra misma sangre. 

Pues bien, en esta ocasión haré uso de mi nepotismo en esta columna, tocaré el fascinante tema de la importancia de la familia directamente proporcional a mi experiencia, con el riesgo de que usted, mi dilecto lector, abandone la lectura por tan evidente protagonismo, en ese tenor diré lo que pienso, lo que imagino y lo que siento y se firmará  con mi nombre y mi desvergüenza.

Este fin de semana pasado tuve el enorme privilegio de tener lo que muy pomposamente llamaré la convención Chávez Mijares 2017, independientemente del lugar donde se llevó a cabo, ese dato permítame guardarlo en mi privacidad, quiero compartir la experiencia la cual espero le sea de utilidad, como bien dice el apóstol Pablo, “analizadlo todo, retened lo bueno”.

Lo más interesante de esta reunión de consanguíneos, los frutos de la semilla del amor que nació entre mis padres y que duró casi cincuenta años, fue el poder mantener una unidad auténtetica a pesar de las superlativas diferencias de caracteres, pues como se dice coloquialmente, el más chimuelo masca chicle.

Hubo un momento de testimonios, en donde cada miembro de la familia se expresaba a como su criterio le dictaba, sin ser interrumpido por quienes nos preciamos de ser lo más desarrollados en la oratoria, no se trataba de hablar perfecto, sino simplemente de hablar para ser escuchado. En ese punto me dejo una muy grata impresión la intervención de mis sobrinos, pues cada uno se dejó llevar por la sinceridad de su corazón y pude conocer más de las profundidades del alma humana. Muchas veces dentro de la familia solo vemos lo superficial como efecto irremediable de la rutina que nos devora, ya que es más fácil suponer que nuestros hijos andan por los senderos que nosotros queremos, a verificar con uso de conciencia lo que pasa por su mente, las inseguridades y ansiedades propias de la edad y que pueden resolverse con una buena charla condimentada de la calidez y el amor familiar.

A riesgo de ser linchado por algunas de mis cuñadas o alguno de mis hermanos debo reconocer que somos una familia difícil, creo que todas las familias tienen esa característica en mayor o menor grado pero el hecho de ubicarlo y reconocerlo apoya mucho para saber dirimir las grandes diferencias y decepciones que conforman de forma inherente el ritmo propio de la familia.

Este fin de semana aprendí que muchas veces nos dejamos guiar más por el ideal de familia que anhelamos, al grado que no sabemos cómo lidiar con la realidad familiar que nos ha tocado vivir; los seres exclusivos que son parte de nuestra familia son amorosamente imperfectos, irremediablemente llenos de defectos pero son nuestra sangre, el aprender a amar a este segmento, no gracias a ellos sino a pesar de ellos es un signo innegable de madurez que aporta para una vida más placentera y saludable.

Yo mismo me pregunto cómo es posible que 25 personas hayan podido reunirse después de haber vivido diferencias nada pequeñas a lo largo de la fascinante vida compartida, soñando nuestros mejores sueños y creando nuestras más grandes añoranzas y debo señalar que aquí lo único que se repite es lo diverso, y en el contexto de mi amada familia caben en un día tantos encuentros y tal cantidad de mundos, que quienes llegamos en su busca a esta reunión no hemos sabido, gracias a Dios, lo que es la decepción, contemplando juntos, mano con mano y tristeza con tristeza, depresión con depresión, un horizonte en el que invariablemente no queremos ni perdernos ni distanciarnos. Por eso estamos en esta vida aprendiendo a conocernos y a tolerarnos cada día para cuando los años nos hagan ancianos poder contar con un hombro sincero en el cual podamos apoyarnos sin pudor ni pena.

El tiempo hablará.

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